ESPADAS COMO LABIOS

ESPADAS COMO LABIOS

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Cuando era joven, pensaba que sabía escribir. No sabía, pero escribía. Ha pasado casi toda la vida, ahora ya sé que nunca fui escritor, pero junto palabras.

Compongo historias mínimas que a casi a nadie interesan. Algunas veces, hasta me atrevo con poemas, que es mostrar mi intimidad, y tampoco importan a casi nadie.

La casa, los libros, los escasos amigos, el café matutino en soledad buscada. Hace tiempo que la vida

es eso y paseos a Ca n`Aimeric, en la linde del Baix Llobregat y el Garraf, en busca de las niñas e intentar entender la difícil ecuación de por qué estamos aquí.

Un ser humano, que dice ser político, me arruina temprano el día, alude a la plaza Loreto de Milán y fija su mirada en la fotografía del horror. Desea otra vez cadáveres de personas colgados de los pies y profanados por una turba enardecida. Azuza.

He recordado a don Antonio: «Españolito que vienes al mundo…». Pensé en su madre y en la mía. Su madre, doña Ana, tras salir de Barcelona para ir al exilio del que ya no volverían, desorientada y agotada (tardarán tres días para llegar a la frontera con Francia), preguntó: ¿Cuándo llegamos a Sevilla?

Mi madre: Jamás te recuerdo porque nunca te olvido… Dice Bunbury, en una de sus canciones. Se llamaba, se llamará siempre, María de las Virtudes. Con veinte y pocos años vio como torturaron y asesinaron a su padre y a su hermano mayor y, por si aún no tenía bastante sufrimiento, un hijo de 4 años le falleció por privaciones y falta de asis-tencia médica. Todo ello en la vergonzosa guerra civil del 36. Doña Ana y mi madre, cada una con su dolor, en bandos contrarios.

Busco explicaciones y consuelo –no sabría decir por qué– a tanto dolor y desvarío en Espadas como labios, donde Aleixandre expresa vida, amor y muerte, los temas eternos de la poesía, desde su difícil perspectiva. El propio título, símil inverso, ya es una manera de sugerir que la palabra puede ser una forma de acercamiento, pero también ser destructiva y dolorosa. Como lo comprobamos a diario.

Viniera yo como el silencio cauto.

(No sé quién era aquel que lo decía).

Bajo luna de nácares o fuego,

bajo la inmensa llama o en el fondo del frío,

en ese ojo profundo que vigila

para evitar los labios cuando queman.

Quiero acertar, quiero decir que siempre,

que sobre el monte en cruz vendo la vida,

vendo ese azar que suple las miradas

ignorando que el rosa ha muerto siempre.

Felipe Sérvulo