CUANDO LLEGUE AL MEDITERRÁNEO
En nuestra playa, sin ir más lejos, el sol acude rozando las estribaciones del Massís de Garraf y por momentos se sumerge en el mar, entonces, las aguas y el cielo se entintan con las más variadas tonalidades. Ha comenzado el crepúsculo.
Acuden muchas personas, algunas de ciudades cercanas, para contemplar al día que se va y al acabar, los aplausos, muchas veces, rompen el emocionado silencio.
En una madrugada insomne, he recordado otro crepúsculo. Era un poema pensando para Sadako Sasaki,
que escribí a los pocos días de volver de Japón, invadido por la melancolía de Hiroshima:
Cuando llegue al Mediterráneo,
pediré que traigan todos los recuerdos.
No sé si podré guardar tantos
pero estaré lejos, observándote
en todas las niñas que pasen junto a mí,
llenas de rayos gamma y Nivea Sun.
Aguardaré a que el sol
desde el bulevar poniente
derrame sus amarillos,
los naranjas y algún púrpura singular.
El azul oscuro para el cenit
y el Cinturón de Venus, tal vez,
como obsequio de despedida.
Los caminos de la vida son arterias que transportan emociones. ¿Podremos volver? Escribir es querer vencer la distancia con un poema entre los dientes. Conectar el móvil, localizar el norte, emprender un viaje a ninguna parte de la nostalgia, recorrer calles y olores que ya no existen. Entonces escribes a vuela pluma y con pasión para, al final, no decir nada, porque ni siquiera somos palabra.
Felipe Sérvulo




