FOTOGRAFÍAS CENTENARIAS
Estoy seguro de que muchos de vosotros os habéis hecho la pregunta de por qué hay personas que coleccionan los objetos más peregrinos.
Un sociólogo diría que, al coleccionar, fijamos nuestra identidad a través de estos elementos y la nostalgia da un cierto sentido a la propia historia al reconocernos en ellas. Esta acumulación, si nos paramos a pensar, está implícita en la conducta de la naturaleza
humana desde que el hombre es hombre. Incluso algún siquiatra lo ha catalogado de «patología sana», algo de eso debe de haber cuando el que colecciona acopia piezas de una misma gama, series de cosas, muchas veces intrascendentes, que él considera por sí mismas valiosas y que, tal vez, no tengan en muchos casos, ningún valor crematístico, pero lo que es innegable es el placer que se siente al ir agregando nuevos componentes a la colección, que un buen coleccionista, nunca da por terminada.
En mi caso, me fascina contemplar imágenes que ocurrieron en el pasado, observar los rostros de los protagonistas, oír, casi, sus voces y escuchar el ritmo y el rumor de los lugares donde transcurrieron sus vidas. Tiene algo de mágico sumergirte en los escritos de los enamorados, en las felicitaciones entre amigos o, simplemente, apreciar una caligrafía, en muchos casos, primorosa. Esto siento cuando repaso mi colección, porque, lo confieso: yo colecciono postales antiguas, de cualquier tipo; tengo cerca de 4.000 de principio del siglo XX, sobre todo de muchachas y parejas. También de ciudades, pero en esta modalidad para que tengan cierto valor, junto a los monumentos o calles, es mejor que aparezcan personas, ya que la arquitectura, por sí misma, para los coleccionistas no es demasiado interesante, puesto que puede permanecer inmutable durante mucho tiempo; el factor humano va a darnos una referencia respecto a la época.
De mi colección de postales, que he ido juntando durante décadas, las más apreciadas por mí son las iluminadas (pintadas) a mano. Tengo auténticas maravillas con atrayentes colores. Eran tiempos en que no se tenía prisa y el trabajo apenas se valoraba. El artista, con paciencia infinita, iba trabajándolas una a una con acuarelas, óleo, anilinas y otros pigmentos.
Otra parte la forman las postales viradas. El virado era un procedimiento por el que las imágenes en blanco y negro alteraban sus tonalidades; consistía, en el momento del revelado, en sustituir la sal de plata del papel fotográfico por otra sustancia química; como consecuencia de ello, la emulsión original «viraba» (cambiaba). El más conocido es el sepia, que se conseguía agregando sulfuro. Tengo que aclarar que este tono, que muchas personas relacionan con un envejecimiento y deterioro de las fotos, era, en realidad, un proceso que intentaba evitar esa degradación y buscaba expresamente esa tonalidad para preservarla del daño de la luz.
Otro colorido buscado era el rojizo, que se conseguía añadiendo selenio. Para lograr los azulados, se adicionaba hierro. Había otros procedimientos (baños dobles o colorantes) para conseguirlos. Existían tonos como amarillo, castaño, anaranjado, violeta... Para el amarillo se agregaba un tinte (la auramina fue el más usado). El tono violeta se obtenía, también, agregando colorante en el revelado y se utilizaban los productos violeta metilo o violeta cristal.
Todas estas fotos siguen perfectas, con una nitidez que parecen que han sido reveladas recientemente. En contra- partida, las mías familiares, de mi boda o de mis hijos cuando eran pequeños, están con los colores desvaídos. En algunas casi ha desaparecido la imagen. Solo se mantienen las que hice en blanco y negro y revelé en la grata compañía de la luz roja de mi laboratorio: revelado, baño de paro y fijador. Papel Agfa, brillante, de dureza 3, mi preferido. Esencial la temperatura de los líquidos, la paciencia y la limpieza del laboratorio.
Ahora hay infinidad de programas en la red donde las imágenes se pueden colorear fácilmente de forma digital; de esta manera tenemos esas fotos al instante, pero no hay nada comparable a observar en el cuarto oscuro, como va apareciendo, poco a poco, lo fotografiado. Era un momento mágico que he disfrutado muchas veces y que te resarcía de los pequeños fracasos que cualquier fotógrafo que se preciara debía tener.
Aquellos momentos se fueron. Perduran los recuerdos que son el hogar donde habita la nada, adonde cuerpos ya sin fiesta forman el eco de lo que un día fue la vida.
Felipe Sérvulo




