Miguel Reija era un tanto sentencioso en la periferia, lo que le granjeaba más de una incomprensión en personas predispuestas. Pero resulta que las periferias difícilmente nos muestran lo mejor de las ciudades.
Para conocer bien una ciudad hay que penetrar en ella. Recorrer sus calles, disfrutar sus monumentos, hablar con sus moradores… Hay que llegar a su corazón, a la Plaça Catalunya, por poner un ejemplo.
En Plaça Catalunya, Miguel ya era otro: dialogante, un pelín tímido y siempre, siempre,



















