En la calle Roser, 4, colindando con la mítica sala El Molino, que era el número 2 de la misma calle, nació el 15 de noviembre de 1945 Josep Perpiñá, hijo de un conocido barbero del barrio. Allí creció combinando sus estudios, cerca de hermosas e inalcanzables vecinas. Vestales, guardianas del templo del erotismo de nuestra juventud.
Josep pronto sintió la llamada del arte; no podía ser de otra forma y en 1955 comenzó a estudiar en el Conservatorio del Liceo. Al finalizar sus estudios en 1963, trabajó en una orquesta llamada Inspiración. Después vinieron Albert Cuartet
Maribel, a quien le han dado la última sesión de quimioterapia anteayer en el ICO, se coloca un turbante, se maquilla, se pone guapa y se va a hacer el vermut al Alba.
Me cuenta, con un brillito en los ojos, que ha sacado pasaje para Japón y quiere recorrer los santuarios de Kumano Kodo. ¡Felipe, son 99! No sé si me dará tiempo, me dice entrañablemente socarrona.
El Camino de Santiago ya lo hizo hace tres años, antes de que le diagnosticaran el mal.
Francesca, mi vecina, que cada año se viste de sheriff con dos pistolas, desfila en los carnavales del pueblo. El sombrero le tapa las cejas.
Hoy, 11 de junio, es domingo y todo está tranquilo a las 6:20 horas. Tan solo se oye algún timbre que llama a los enfermeros por alguna necesidad urgente.
Esta noche he dormido poco, quizá será porque no lo necesito. Durante el tiempo que he estado despierto he mirado al techo de la habitación buscando los caminos del sueño, algún rastro desapercibido, alguna palabra que no he escuchado con claridad en el momento más oportuno, a alguien que no acertaba con la habitación donde me encuentro, algún médico o enfermero o “un ángel de la guarda” que se me acerca con sigilo para no despertarme
La plaza de la Iglesia tiene, en las horas finales de la Fira d`Hiver, un aspecto nostálgico y tristón.
Hay una caseta de bocadillos con salchichas XXL, una muchacha que adivina el futuro, que a esta hora se aburre, un puesto donde venden libros y la propietaria se queja, cómo no, de lo poco que lee la gente.
Un poco más allá, en una esquina, está el único lugar con alegría en este anochecer: es donde venden bollos preñados. La cola la forman casi veinte personas y la certeza de que ya tienen la cena resuelta.
Los puestos de juguetes de artesanía son la imagen de la dignidad en este áspero mundo donde nos invade la modernidad
Mariluz no tuvo hijos, gestionó, como pudo y mal, la muerte de su marido a los pocos años de casarse y cuando murió sola y de pena, sus sobrinos, una catedrática, un médico y un funcionario de la Diputación de Jaén a los que no veía desde hacía más de un año, heredaron el piso de la calle Maestra, algunos euros y una finquita en Torredonjimeno. En el tanatorio, decían que había que ver lo que la querían y echaban de menos.
A Lucía se la llevó un cáncer de los que, según las estadísticas, se salvan el 95 % de los enfermos. Siempre fue hermosa y exclusiva.
Se acerca a mi ventana la luz que precede a un nuevo día. En medio de las sombras de la noche parpadean los ojos que vigilan el puerto de mercaderías de la cercana mar, en la costa. No se oye el ruido de los vehículos ni el ajetreo constante de las grúas que se mueven con sus brazos de metal trajinando con los contenedores.
Un poco más lejos, la torre de control de la terminal uno del aeropuerto vigila atentamente el movimiento de los aviones por las rutas del cielo.
Todo está tranquilo. Solo hay madrugadores que se desplazan y rompen este rato de paz deliciosa.
06:30
Cuando era joven, pensaba que sabía escribir. No sabía, pero escribía. Ha pasado casi toda la vida, ahora ya sé que nunca fui escritor, pero junto palabras.
Compongo historias mínimas que a casi a nadie interesan. Algunas veces, hasta me atrevo con poemas, que es mostrar mi intimidad, y tampoco importan a casi nadie.
La casa, los libros, los escasos amigos, el café matutino en soledad buscada. Hace tiempo que la vida es eso y paseos a Ca n`Aimeric, en la linde del Baix Llobregat y el Garraf, en busca de las niñas e intentar entender la difícil ecuación de por qué estamos aquí.
Hoy veo el horizonte más claro, más limpio y nítido, tras la ventana de mi habitación y dentro de mí mismo. Me encuentro mucho más optimista. Ayer llovió bastante y los árboles muestran sus trajes verdes e impolutos. Las calles han cambiado de apariencia. Los peatones están caminando con otro aire y otro garbo. Sus movimientos son más elegantes y enérgicos. ¿Será porque es la fiesta de San Isidro? No sé el motivo, pero podría decir que es el enorme deseo y la necesidad del agua y de la lluvia que tenemos. Porque el agua es salud y vida.
Llegar a un lugar de 42.500 hectáreas, tras dos horas de viaje, declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO, donde habitan águilas, buitres, búhos, avutardas, zorros, gatos monteses, ginetas, anfibios y reptiles en un paisaje sobrecogedor, que la naturaleza ha moldeado con paciencia cósmica durante millones de años y, apenas, poder bajarte del coche para hacer unas fotos, ya que al resto de acompañantes no les llama la atención la maravilla que le circunda y quieren seguir. Fue en las Bárdenas Reales de Navarra.
No estamos en la España despoblada, esto es la España de las cabezas huecas.
Ya la tenemos aquí: Desde hace casi un mes las luces adornan y engalanan las avenidas. La paz, los buenos deseos y los besos y abrazos viajan en correos electrónicos, wasaps y videos. Algunos incluso todavía perfuman la delicada solapa de un sobre que alguien abrirá (probablemente ya el año que viene, que el servicio postal da para lo que da) con la ilusión o el desdén que le inspire el remitente.
En televisión, las niñeras psicópatas de las películas de sobremesa han sido sustituidas
Hoy es mi tercer día de gripe, o lo que sea. Las pruebas nasales dan negativas pero yo no tengo un solo hueso en el cuerpo alineado y que no me duela. Anoche dormí incluso menos de las tres horas que acostumbro, acompañado de esa tos que hace que parezca que un alien va a salirte de la garganta. Parece que se me haya sentado un elefante en el pecho. Voy probando de todo, Paracetamol, agua, ebastel...Hoy he comprado un jarabe antitusivo de esos que te raspan la garganta, pero toso, y moqueo, y toso, y me duele, y toso, y tengo frío, y toso, y calor, y toso.
Como alegoría de que la vida renace en los momentos más terribles, tenemos el ejemplo de los hibakujumoku, árboles que sobrevivieron a la explosión atómica de Hiroshima y que volvieron a brotar a los pocos meses.
En las comunidades donde existen, se les considera auténticos monumentos conmemorativos, casi sagrados para la cultura nipona, pero no es fácil encontrarlos, ya que no hay trazado ningún itinerario oficial para saber dónde se pueden observar. Algunos han















